
Con la caja de cartón sobre sus piernas y con la tortuga, que aún no se llamaba Morete, dentro de ella, Nicolás y su padre volvían en auto a su casa. Él hubiera querido un perro; desde hacía quince días, cuando volvía del colegio, se paraba frente a la vidriera de la casa de mascotas y miraba a un cachorro marrón, que parecía saludarlo con su pata cuando no dormía.
Ese día habían subido al auto y justo cuando Nicolás iba a empezar con el cantito de que su mascota se iba a llamar Morete, que desde que lo vió supo que le iba a gustar llamarse así, su padre le dijo empezó a decirle que las tortugas eran mucho mejor que los perros; conocían el planeta prácticamente desde que este se inició y vivían muchísimo tiempo; también le dijo que a cada año de vida se le sumaría un nuevo cuadrado en su caparazón y que las tortugas podían vencer conceptualmente al veloz Aquiles.
La caja no hubiera servido ni para los dos primeros meses del Morete canino; en cambio, ahora serviría para siempre. Abrió la tapa, miró el caparazón en el que supuestamente se había escondido la tortuga y sintió que se le subía una pelota en la garganta, como si estuviera por eructar; pero por más que quería, por más que pensaba en eructar y hacer reír a su papá, por más que quería dar el primer paso en la competencia que lo llevaría a sentir un gusto ácido en su garganta, la pelota se quedó congelada en la garganta, como si ese eructo no estuviera hecho para salir y ni siquiera cumpliera con el designio del Doctor Angulo.
- Nico, ¿sabés que tenemos que hacer ahora?
Hubiera contestado” Sí, pa, ya sé; tenemos que volver a la veterinaria y decirles que se confundieron con el pedido, como los de la pizzería del sábado pasado. Sin embargo, dijo que no.
- Ahora, vamos a ir a lo de Alejandro, le compramos la carne y después pasamos a comprar un montón de lechuga para la tortuga.
- ¿Por qué un montón?
- Por que es chiquita y tiene que comer mucho para que crezca sana.
- ¿Y cómo nos vamos a dar cuenta si está enferma?
- Nos damos cuenta si en verano, no saca la cabeza fuera del caparazón.
- ¿No se enferma en invierno?
- No, en invierno hibernan. ¿Sabés qué es hibernar?
- ……
- Hay animales, como los osos, que en invierno se la pasan durmiendo porque de esa manera no gastan energía.
- Ah, como la tía Pochi.
- No, como los osos. La tía Pochi duerme en verano también.
- ¿Pero la tía Pochi es un oso?
- ¿Cómo va a ser un oso, Nico?¿No viste qué habla?
- Sí, pero tiene mucho pelo en los brazos. Y cuando me da un beso me pincha con unos pelos negros largos que tiene en la cara.
- No, Nico, pero los osos no se despiertan en invierno ni para comer. Y la tía Pochi se levanta para comer.
- Pero se parece a un oso.
- No se lo digas, Nico
- ¿Por qué no se lo puedo decir? Por ahí ella quiere que sepamos que es un oso.
- No se lo digas por que los osos tienen mucho mal humor. Si se lo decís, se va a transformar en oso de verdad y te va a arañar con las garras.
Después de que su padre hablara de fútbol con el carnicero, de política con el pastero y que Nicolás agradeciera el pedazo de queso que le dio y que le hizo secar la garganta, fueron a comprar medio kilo de lechuga al verdulero.
- Es para la tortuga de mi hijo.
- Ah, lleve esta que es la que les gusta más – dijo el carnicero en tono cómplice.
- ¿Y cómo le pusiste a la tortuga, nene?
- No sé, no pensé todavía.
- ¿No se iba a llamar Morete?
- No, no, Morete se llama mi perro.
- Pero si no tenemos perro, Nico.
- Vos no tenés perro. Yo sí.
De vuelta en el auto, Nicolás abrió la tapa de la caja de cartón y le mostró un pedazo de lechuga al caparazón; la tortuga asomó la cabeza, pareció oler la lechuga, miró hacia el otro lado y comenzó a meter nuevamente sus penes fláccidos en el caparazón.
- No quiere comer, papá.
- Le deben haber dado en la veterinaria. Seguro que a la noche le agarran ganas.
- ¿Y si no quiere comer nunca?
- ¿Cómo no va a querer comer nunca? En un rato, seguro que empieza a morder la lechuga.
- Pero si no come nunca, se puede morir, no? – preguntó esperanzado.
- No, Nico, ya te dije que es muy difícil que las tortugas se mueran; aparte esta es chiquita, va a vivir un montón de años. Es más, cuando vos tengas hijos, Morete va a seguir viviendo.
- No le digas Morete!!!!!!!!!!!
- Bueno, está bien, no te enojes. ¿Cómo la querés llamar?
- No sé. ¿Es nene o nena?
- Me parece que dijeron que era nene.
Nicoás fingió que pensaba un nombre pero en realidad pensaba que ni siquiera sus hijos iban a poder tener un perro; su padre lo había condenado a vivir con una tortuga a la eternidad.
- ¿Cómo se llevan los osos con las tortugas, papi?
- No se conocen creo.
- ¿Pero quién es más fuerte?
- El oso, seguro.
- Y las tortugas pueden pelear contra un oso?
- No, pero se esconden en el caparazón y no les pasa nada.
- ¿Y por qué se esconden? ¿Tienen miedo?
- No, lo que pasa es que los osos tienen poca memoria; si no le ven la cabeza, se olvidan que era una tortuga, piensan que es una piedra y la dejan tirada por ahí.
- ¿Pero si un oso pisa a una tortuga y le rompe el caparazón?
- Ah, ahí sí.
- Ahí si qué?
- Y ahí, la tortuga pierde.
Cuando entraron en su casa, la madre salió del baño y abrazando a Nicolás, le preguntó si ya estaba entre ellos Morete.
- No, Morete no vino; se quedó un rato más.
- ¿Y qué hay dentro de la caja entonces?
- Una tortuga.
- Pero entonces llegó Morete. A ver, dejame verla.
- No se llama Morete, le voy a poner otro nombre. Tortuga. Lechuga. No sé.
- Pero si desde hace un mes que hablás de Morete. ¿Compraron lechuga?
- Sí, ahí la trae papá.
- ¿Querés que le demos de comer, Nico? Ahí se está despertando.
- No, no come. Se siente mal de la panza. Para mí que está enferma.
- No, Nico, ya te dije que en verano las tortugas no se enferman. ¿Ves que está sacando la cabeza? Mirá, mirá ahí está empezando a comer. Vení, ponete ahí con tu mamá que saco la foto de la primer comida.
Su madre y él se arrodillaron en el piso, pusieron la cabeza cerca del caparazón de la tortuga y posaron hasta que su padre llegó con la cámara de fotos.
- Mami, quiero ir a ver a la tía Pochi.
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