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14.12.09

El tío


Lo que me acuerdo son datos tétricos: una casa con las persianas siempre bajas en la peor zona de San Telmo, muebles con las marcas de los fantasmas de distintos adornos, él postrado desde toda la eternidad en una silla de ruedas sucia y con los neumáticos pinchados, sin mover la parte izquierda de su rostro; ella, con varios lunares como macetas de pelos, un labio superior cargado de la sombra de la depilación poco definitiva y una voz aguda narrando insultos.

Él era mi tío Emilio. Ella era mi tía Josefina, a la cual llamábamos La Negra o, cuando entrabamos en confianza, La Negrita de Mierda. El tío Emilio fue mi primer muerto real. Se murió y yo ya no era tan chico como para no ir al velatorio y entonces fui y ella me dijo que hacía años que no lo veía tan lindo. Me reí cuando volvía del cajón y fue un dejo de esperanza.

La primera vez que tengo consciencia de él, me regaló una máquina de escribir negra, enorme y con el carretel rojo y negro. Yo ya le robaba la máquina a mi papá, una verde, pequeña, que tenía una tapa con un botón metálico que hacía aparecer la máquina, con lo cual siempre pensé que la máquina de escribir del tío Emilio tenía más probabilidades de convertirse en objeto contundente. Era enorme, pesada y las teclas estaban separadas por abismos en los cuales solían quedarse los dedos no experimentados.

El tío Emilio siempre fue un fantasma en mi vida pero había dejado una pesada herencia que sólo cuando murieron todos los protagonistas, pude saber. El tío Emilio oscilaba entre la violencia y la sensibilidad: si veía un mendigo en la calle, se echaba en su cama y no salía por cuatro días; si una mujer fumaba, le decía puta. Vivió en la casa de su madre hasta que ésta murió. Luego, cambió las sábanas de la cama de su madre y siguió viviendo en ella. En su madre.

A partir de ahí, todo es muy confuso. No se sabe si antes o después o en el medio de lo que voy a contar después, pero en algún momento, conocíó a la Negra. La Negra era prostituta de un cabaret del puerto. Un día, el tío Emilio se cagó a trompadas con alguien para defender a mí tía Negra. Lo mejor es que la haya conocido, digamos un mes antes, que mi tío Emilio se enamorara de mí tía Negra y que la disputa haya sido con el proxeneta; el proxeneta quería mil por dejarla ir y mi tío Emilio ofreció la máquina de escribir. No llegaron a un acuerdo.

El proxeneta había sido boxeador y no sólo lo cagó a trompadas, sino que lo dejó en el hospital. Mi familia quería hacer la denuncia pero mi tío dijo que no. Mi familia quería que mi tío haga la rehabilitación pero mi tía Negra de Mierda no lo dejaba ir, cuentan porque se cogía a todos los camilleros todo el tiempo. Mi familia no razona, mi familia demuestra. Así fue que cuando mi tío Emilio murió, tullido desde hacía veinticinco años, fueron a llevarse sus cosas y lo que más lamentaron fue que no encontraron la biografía en cuatro tomas del General San Martín, autografiada por él mismo.

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30.11.09

Las Teorías salvajes: La filosofía política de la paja


En Las Teorías Salvajes, los personajes se masturban más que otra cosa; se masturban cuando cogen, se masturban cuando miran coger, se masturban cuando conocen a alguien y cuando se describen cogiendo, lo hacen drogados como si no pudieran conectar con el sexo directo. El sexo es, en Las Teorías Salvajes, lo que nuestra imaginación o el porno nos quiere devolver.

No es casual que LTS se haya originado y haya explotado comercialmente en Filosofía y Letras de la UBA. ¿Qué se hace en Puán sino la contemplación infinita del vidrio que la separa de la realidad? Olalairax explota muchas veces una comparación interesante entre los teóricos académicos y los nerds en las películas clásicas. Éstos son rechazados por todo el mundo y lo que más les importa a los nerds es fornicar. Entonces, después de utilizar múltiples recursos tecnológicos para defenderse o vencer a los exitosos deportistas, finalmente los vencen y se quedan con la porrista. ¿Pasa lo mismo con el mundillo académico que describe LTS?

La respuesta es no. Y la respuesta completa es que la comparación está mal. Si uno ve, por ejemplo, la clásica Venganza de los Nerds I, el tema de la película es el de las minorías (en el grupo de los Nerds están: el gay, el negro gay, el asiático, el judío, el pandillero, etc.; quienes los salvan al final, son los miembros de una fraternidad negra) maltratadas sistemáticamente por una mayoría poderosa, blanca, adinerada y sajona. Si hay algo que quieren los Nerds es encajar, es no ser tratados como mierdas, es ser iguales. En LTS, las minorías academicistas (los amigos de la protagonista) lo que quieren es demostrarse como superiores al otro bando academicista, al populista, al setentista, al romántico y, por supuesto, al resto del mundo. Lo que quieren las minorías de LTS es convertirse en élites. Por eso, todo hecho es interpretado a la luz de una teoría, todo hecho es teorizado y no por la importancia de la teoría, sino por el status de quien la enuncia.

En La conjura de los necios, Ignatius es un bicho académico pero que tiene un comportamiento ridículo, exagerado y llevado al absurdo por Toole. LTS se toma realmente en serio a Ignatius Reilly (quizás en la forma de Pabst) y cree lo que dice. El efecto de esto no es cómico sino teórico. Y es teórico porque lo que supuestamente muestran las teorías salvajes es la lucha eterna del ser tímido por luchar contra una sociedad vocinglera y populista. Si hay algo que Oloixarac se toma en serio es el Estado de Naturaleza hobbesiana pero ya no como experimento mental sino como realidad explicativa del mundo actual.

Esa concesión que toma la autora tiene que ver con el exceso masturbatorio de Púan, el creer que lo que nos muestra el vidrio es la realidad, en creer que el estado de naturaleza sigue existiendo y cumpliendo una función casi descriptiva. Los motivos de esa concesión se encuentran en cómo se entiende la Filosofía Política en Puán y que parece otorgar algún material para la configuración de uno de los personajes del libro, García Roxler. Cuando la Filosofía Política se detuvo en 1831, cuando se murió Hegel y cuando hace 178 años que lo único que se puede hacer en filosofía política es diseñar nuevas formas de dar clases sobre el contractualismo moderno, el contacto con la realidad queda necesariamente trunco.

Y lo trunco es no entender que el mundo real y, en especial, el mundo político no se ha detenido con la muerte de Hegel y que tomar “en serio” a los contractualistas modernos y diseñar teorías a partir del Estado de Naturaleza se parece cada vez más a hacer metafísica, en el sentido de buscar las causas primeras o distinguir las cualidades de las cualidades. Una vez que uno defiende su posición metafísica, lo que uno debe hacer es decir quienes son los individuos que tienen mayores probabilidades de acceso a esa metafísica, vale decir, quienes son los illuminati. Dado que los Illuminati son, por definición, los personajes de LTS, el círculo queda cerrado, o más bien, pegado como las hojas de la Playboy.

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20.11.09


La madera de los asientos del subte A sólo puede ser saboreada por quienes se apresuran a subirse en las terminales de línea o bien por aquellos que tienen capacidades especiales como, por ejemplo, la de estar embarazado, no poder sumar 84 + 19 o no poder aplaudir. Todos enfilaban hacia el único asiento vacío pero, como distraídos por la indiferencia de viajar parados en un vagón no demasiado atestado, se refugiaban contra las paredes del subte, se sostenían de las barandas o simplemente se dejaban bambolear.

Al lado del único asiento vacío, estaba ella. Ella, que al parecer hablaba con los pasajeros sentados pasillo mediante, formulaba a los gritos un discurso eterno, un discurso moebiusiano. “Son unos hijos de puta porque yo fui a hablar con el presidente con el embajador con el portero y les dije que no podía ser que me mataron cuatro hijos y que encima de la casa de gobierno sacaban niños calcinados niños mutilados niños desaparecidos niños quemados y todos muertos los dejaban correr en la plaza de mayo porque ellos mataron a todos mis hijos y ahora que viven encima de mi casa y hacen ruido y toman viento de quemar y yo le dije que son todos unos hijos de puta que yo soy pobre pero a mi no me van a son unos hijos de puta porque yo fui a hablar con el presidente con el embajador con el portero (ad infinitum).”

Ella, desgreñada, canosa, con una bolsa enorme donde estarán todas sus pertenencias, todas las fotos de sus hijos muertos, por momentos calla. Calla pero internamente mantiene la temporalidad de su discurso. Toma un poco de aire, suspira como quien debe volver a trabajar y retoma el discurso por donde debería ir y no por donde lo dejó.

En alguna estación, a su lado se sienta Él. Ella corre su bolsa enorme y lo deja sentar. Él tiene 40 años. Desde que se sentó la mira. No la mira sorprendido. Ella ahora habla en voz más baja, diciéndole todo casi al oído. Él la sigue mirando, cada vez más fijo. A veces asiente. Pero más que nada la mira. Piensa hace cuanto no coge.

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3.11.09

La vida con un grano


Yo estaba tranquilo con mi nueva vida. Me había concentrado en replicar la historia de Nathan Zuckerman mudándose a una casa campestre en Connecticut en la cual sólo regía su disciplina y habían desaparecido las mujeres, la política, la necesidad de opinar y defender la opinión y sólo existía la obsesión desarrollada en uno mismo. Así vivía.


Cuando vos emergiste, me miré al espejo y dije que en el mundo de Zuckerman vos no importarías y seguí viviendo contento. Respondía estupideces, del estilo me está saliendo una nueva nariz, estoy desarrollando un pene facial para hacer más completo mi acto de sexo oral y esas cosas que inician sonrisas y acallan preguntas.


Pero en dos días trágicos, desapareció el estanque donde Zuckerman nada, la mesa donde Philip Roth escribe parado y empezaste a importar. Alguien me dijo, loco qué tenés ahí? Eso es un asco. Me lo dijo alguien inteligente, quizás el amigo más inteligente que tengo. Me cagó. Un día después, mi jefe me contó la historia de un tipo que le salió uno como vos en el mismo lugar que vos viste la luz y que murió de poliomelitis en dos días. Me cagó. Como es lógico, mi jefe me cagó.


A partir de ahí, todos empezaron a venir a mi casa de las afueras, se sentaron en mi porche, trajeron a los niños a que meen el estanque, mis ex volvieron a mandarme mensajes, a llamarme, y como si ahora figuraras en la guía turística de YPF, llegaron los desconocidos con sus cámaras de fotos, con sus cuadernos para anotar instintos descontrolados de poesía. Así, el que recibe los bolsos en el guardarropa de la pileta, me mira todos los días y me dice hoy lo tenés peor, estás hecho mierda flaco y también qué mala suerte que tenés; el panadero me mira y me dice qué asco lo que te salió en la cara, todos quieren apretarte.


Invadido, acorralado, imposibilitado de esconderme a pesar de apagar todas las luces de mi vida, mi existencia es ridícula. Doy clases mirando al pizarrón; cuando me hacen una pregunta, noto cómo todos desvían su mirada y se quedan mirándote, cómo nadie entiende mis respuestas y se quedan con más preguntas, preguntas de cómo saliste. En el único momento donde vuelvo a recoger las cenizas de mi existencia anterior es cuando tengo puestos los anteojos negros. En el subte, en el colectivo, en el ascensor, en la consulta de los médicos, en el supermercado. Las miro a todas, las sigo encontrando hermosas pero no puedo superarte, no puedo pensar en tener que presentarte como el hermano idiota que me acompaña a todos lados.


Hoy fui a la dermatóloga. Es joven, hermosa y se llama Doctora No. Es genial que se llame así; me dan ganas de ser un superhéroe y que ella me intente matar o me invite a bailar el a-gogo. Te miró y me dijo: lo tenés peor. Más rojo. Más grande. Más inflamado. Ningún antibiótico puede contra vos. Sos invencible incluso para mi archienemiga sexy, la Doctora No. Me pregunta hace cuánto me hice un análisis de sangre. Hace un año. Primero pienso esto: tengo cáncer, tengo sida, me muero, me estoy muriendo. Es lógico. Mi vida siempre ha sido un pelotero de putas.


Después le digo por qué me pregunta. Por qué te vas a tener que hacer una cirugía y te van a pedir exámenes. Me voy a morir. En cuanto subo al subte lo tengo decidido. Me voy a matar. Pronto. Un disparo es demasiado bardo pero formidable en términos escénicos. Tomar pastillas. Me aburre la cotidianeidad del abrir la boca. Termino yendo al cirujano ese mismo día.


El cirujano es plástico y todo lo que rodea a la clínica es o bien típico de un hospital de abortos clandestinos para la clase alta o bien para ponerse siliconas. Me voy a poner tetas. Me voy a poner tres tetas. Y después me descerrajo el cráneo. Entro. Los cirujanos no me miran. Están seducidos por vos. En cuestión de segundos, me tiran en una camilla, yo tomo los últimos instantes de vida que me rodean (una lámpara halógena, un techo blanco, el miedo), me ponen una gillete y escucho el ruido del sebo interno lanzarse al infinito y más allá, como en una eyaculación porno. Incluso el cirujano, antes de que yo abandone el mundo dice, estabas lleno, eh.


Me levanto de la camilla y pido turno para el viernes.


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29.10.09

Inglorious bastards


Creo que Bastardos sin gloria es la película más reflexiva de Tarantino; no sólo porque haya mil referencias al western, a los productores de las decadas doradas del cine estadounidense, porque la película que se proyecta al final tenga más de cine mudo que de otra cosa; es más bien porque es la película que más toma en cuenta el lenguaje propio del cine, en donde hay una teorización acerca de qué significa contar una historia en cine. Hay algo extraño, sin embargo, en Bastados sin gloria. Los personajes del lado aliado no tienen profundidad dramática; el teniente Raine y su banda pretenden, en algún sentido, ser una especie de Wild Bunch pero en ninguno de ellos el motivo de ir a matar nazis de una forma tan brutal se hace historia. Los personajes pueden morir y la película continuará porque no hay ninguno que sea necesario, que sea esencial. El plan trazado originalmente no importa: fracasa, la banda es apresada o muerta, pero la película continúa. Y puede continuar, de nuevo, porque ninguno importa. Los únicos signos de la presencia de la banda de Raine son las insignias nazis en las frentes, las cabelleras arrojadas al costado del camino, pero ninguna otra cosa. Lo extraño de esto es que Tarantino vuelve a crear la misma atmosfera de todas sus películas, la de largas escenas en las cuales la tensión está puesta en exactamente eso que no se dice y que todos saben. En este sentido, es claro que el término "tensión psicológica" es aplicable pero en todas esas situaciones, los que siempre parecen más interesantes son los nazis. Es extraño pero en buena parte de la película, los que tienen profundidad dramática, los que dudan, los que tienen varias facetas, los que no son sólo una cosa, los que tienen que aceptar negociaciones son los nazis. Así, se conoce más al padre que acaba de tener un hijo que a cualquiera de los personajes de la banda, al artista cinéfilo convertido en heroe nacional y en soldado, el detective frío, calculador, asesino pero con razones inexplicables (por qué deja escapar a Shoshana al principio?) para actuar de una manera reletivamente elegante. Que el régimen nazi fue cruel e injusto y que nadie en su sano juicio puede defenderlo, parece ser tan obvio que los motivos de quienes vayan a combatirlos no importan. No hace falta mostrar lo que le han hecho a su familia, ni cómo lo han torturado (excepto al único de la banda de Raine que es alemán), ni cómo los nazis imponían un regimen de terror y persecución; todo eso se sabe y desde el principio, ya sabemos que lso malos son los nazis. No hace falta que nos cuenten nada, no hace falta que tengan conflictos. Hace algunos años vi una película infinitamente aburrida con Humphrey Bogart en la cual un submarino estadounidense perseguía a un submarino alemán por una hora y media; los alemanes hablaban en alemán y nadie intentaba traducirlos; en última instancia, los nazis eran tan radicalmente distintos que nadie podía entender lo que decían o hacían. Eran completamente lo otro. Acá, Tarantino parece querer hacer otra cosa; y eso es generar una especie de empatía incómoda en el espectador. Wilhelm negocia para irse con su hijo recién nacido y finalmente lo terminan matando; hay algo que es intrínsecamente injusto en no cumplir las promesas. Por supuesto, Willhelm es un soldado nazi y todos pensamos que los nazis, por lo menos, eran malos. ¿Uno debe empatizar con Wilhelm? ¿Uno debe sentirse mal si empatiza con Wilhelm? Quizás, en la misma película que se estrena, El orgullo de una nación - es díficil no pensar en El nacimiento de una nación del gran Griffith - esté un poco la clave. La película es una típica película de propaganda, donde un sólo hombre lucha contra miles de enemigos y los vence. Obviamente, con quien "deberíamos" empatizar es con el protagonista y no con los enemigos muertos. Quizás de lo que esté hablando Tarantino es de la facilidad que tiene el cine para generar ciertas cosas en la gente, independiententemente de cuáles sean .
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