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13.7.08

Playmobil locombiano 1


Patrick es australiano pero está tan rojo que parece italiano; llegó hace cinco días a Colombia y hace cuatro días que no puede dejar de consumir. Primero fue a un hostel en Santa Marta y se la vendió un dealer que actúa como un perro apaleado numerosas veces. El hostel tiene habitaciones que si no fuera por su carencia de hileras de rayas tachadas, sería una cárcel. El primer día en el hostel se encerró en su celda y caminó doscientas veces los cuatro metros de diámetro de su encierro.

Al segundo día, que era tan indeferenciado del primero que hasta sintió que consumía por primera vez, lo invitaron otros dealers más apaleadores a atravesar una larga escalera de concreto pasillo que lo condujo al sótano de un billar. Ahí trazó las líneas de cal en el verde del paño y se comportó como los perros negros y adictos de las aduanas, buscando cada gramo del punto del penal. Escupió a un colombiano y ocho colombianos lo rodearon y lo empujaron hasta que rebotó contra cada uno de los puños. Lo sacaron y Patrick se mudó de hostel, de ciudad y se quiso disimular con los exsoldados del ejército israelí que vacacionan en Taganga.

Encontró un hostel regenteado por un norteamericano que alterna entre las drogas duras y las drogas blandas en busca del término medio aristotélico. El dueño del hostel ni siquiera se molesta en hablar en castellano; vende Budweisser, pone los campeonatos mundiales de poker de ESPN y saca fichas de un casino imaginario para comenzar las apuestas con 10000 pesos colombianos, amenazando la conversión en dólares.

A Patrick le dan cartas y fichas pero no le importan nada más que los espacios entre las figuras de los naipes y contarle a todo el mundo que lo cagaron a trompadas, que quiere entregarse a la policía porque de todas maneras lo van a agarrar y por que un poco también extraña la coherencia entre la celda interior y la exterior.

Cada movimiento de su cuerpo oscila entre la cámara lenta y la velocidad; en todo caso, no puede llegar a reconocer que cuando desparaliza su brazo, lo pone recto a la posición de la mesa, luego lo alza y luego cierra cuatro dedos hasta dejar únicamente el índice levantado, en realidad está pidiendo otra cerveza o que el yanqui le ponga en su paquete de cigarrillos otra bolsita que romperá con los dientes, seguro de que es la primera de todas las que quedan abrir.

Pero algo ocurre y otra vez Patrick tiene que correr; atropella a cuatro mujeres que entorpecen el paso del aire, voltea el carro de un vendedor de jugos y cuando la parte más alta de su cuerpo se va hacia adelante, dejando las piernas atrás, Pat aterriza sobre el suelo que esta vez no es verde de una plaza en Taganga y se queda ahí hasta que se desmaya y hasta que siente que cuatro brazos lo hacen arrastrar los pies y devolverlo al bar donde quiere pedir otra cerveza y en vez de eso cae desmayado de nuevo. Cuando vuelve, está en el baño y el agua es rosa.

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27.6.08

Morete (III)

Cuando llegaron a la casa de su abuela, sus padres le dijeron que se portara bien y que fuera bueno con su primo Rodolfo. Le dieron un beso, saludaron a Morete y se fueron. Su abuela lo alzó, lo abrazó y a él le dio asco que la cara de ella estuviera húmeda; lo llevó al patio rodeado de plantas y le dijo que juegue con su primo Rodolfo.

Al principio pensó que alguien había descubierto la caja de acrílico en la cual su primo guardaba las cucarachas muertas; Rodolfo estaba sentado en un banquito diminuto, con la cabeza gacha, como si estuviera contando la cantidad de círculos negros que había en las baldosas del patio. La última vez que lo había visto sin gritar, sin estar colgándose de algo o sin romper algo fue cuando escribió en el espejo del ascensor Puto el que lee y su madre, la tía Pochi, reconoció la letra.

- ¿Estás en penitencia?
- No.
- ¿Y a qué estás jugando?
- No estoy jugando.
- ¿Querés jugar a algo?
- No.


De repente, Nicolás se acordó de la tortuga, fue a buscarla y se la puso delante de los ojos.

- Es una tortuga.
- Sí, ya sé.
- Me la regaló mi papá. Pero no sirve para nada.
- ¿Y para qué te la regaló?
- No sé, me parece que le gusta comprar lechuga.

Durante la hora y media en la cual la abuela hablaba por teléfono, comunicando una y otra vez la misma dirección, Morete insistía en esconderse debajo de las macetas y Nicolás en ponerle la cabeza en la otra dirección en cuanto llegaba debajo de ellas. Rodolfo no quiso patear la tortuga, no quiso tirarle agua y tampoco quiso ponerle el caparazón contra el piso, como Nicolás esperaba.

- ¿Vos qué preferís? – le preguntó Nicolás después de que Morete metiera todo su cuerpo dentro del caparazón - ¿los perros o los gatos?
- ¿Para qué?
- ¿Cómo para qué?
- Si, ¿para ser o para tener?
- Para tener.
- Un gato. A mi mamá le gustan los gatos.
- ¿Y no le gustan las tortugas?
- No sé.
- La llamamos y le preguntamos. Esperá que le voy a pedir el teléfono a la abu.


Ni bien se hubo levantado esperanzado de su asiento, su primo se paró, se acercó a una de las paredes llenas de hojas que la tapaban y apoyando la cabeza contra ellas empezó a llorar. Nicolás estaba por entrar a avisarle a su abuela cuando se dio cuenta que su primo se acercaba a Morete y la miraba fijamente mientras dejaba lentamente de gimotear; la agarró por la panza, metió un dedo dentro del agujero del que salía la cabeza, la levantó con los brazos extendidos hacia arriba y en vez de estrellarla contra el piso, la acomodó sobre la cabeza. Rodolfo caminó lenta y cuidadosamente hacia el interior de la casa y cuando llegó junto a su abuela, Morete asomó la cabeza como si la saludara después de una hazaña.

- Abuela, ¿las tortugas viven más que las personas?
- Sí, si las cuidás bien, viven un montón. Pero esa es la tortuga de tu primo.
- Pero él no la quiere. Y yo me llevo bien con ella; mirá que contenta está ahí arriba conmigo.


La abuela abrazó a Rodolfo y los dos lloraron; le dio un beso a Morete y le dijo a Rodolfo que le preguntara a Nicolás si se la quería prestar aunque sea unos días; esforzando un poco la voz, le dijo que como su primo era tan pero tan bueno, seguro que se la prestaba; es más, por ahí, se la regalaba y todo.

- ¿No que le vas a regalar la tortuga, Nico?
- No, no quiero. Es mía.
- ¿Pero no era que decías que no servía para nada?
- No importa, me la regaló mi papá.
- Pero sería tan lindo que hicieras eso por tu primo; vos sabés que Rodolfito va a estar triste durante algunos días, no?
- ¿Y a mí qué? Tenemos una heladera llena de lechuga en mi casa.
- ¡¡¡Pero si recién me la querías dar!!! – gritó Rodolfo ahogado po las lágrimas
- Sí, pero ahora no.

Rodolfo salió corriendo y fue hasta la cama de la abuela para dar patadas en el aire y llorar. La abuela miró enojada a Nicolás, le dijo que había que no se podía ser tan egoísta en la vida y que se quedara ahí, que no la empeorara. Morete había vuelto a meter su cabeza dentro del caparazón.

Yo sabía, pensó Nicolás, mi papá no podía mentirme.

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26.6.08

Morete (II)


Nicolás pensó que si su padre no podía mentirle, y esto aún no era cuestionable, entonces su tortuga tenía que ser más interesante.

Ni el dolor por la eventual muerte de una mascota ni una rapidez que sólo le permitía ganar carreras que no se corrían convenciera a Nicolás; no obstante, si su padre insistía tanto en el asunto debía ser por otra razón que no podía identificar, como aquella vez que lo dejaron una tarde entera en la casa de su tía Pochi, la que lloraba y tosía al mismo tiempo, y cuando lo llevaron de regreso a su casa, encontró no sólo que su cuarto había sido pintado sino que ahora tenía una reluciente bicicleta con rueditas esperándolo en el medio de la habitación. En realidad, Nicolás debería haber pensado que si su padre insistía tanto en la duración de la tortuga era más por un miedo propio que por una sorpresa preparada. Sin embargo, Nicolás tenía cuatro años.

Había pasado más de un mese desde que prácticamente lo obligaran a bautizar la tortuga como Morete, el nombre que había pensado para el cachorro que hubiera dormido en su cama, que habría meado la cama cuando él se hubiera hecho pis, y Nicolás seguía dudando que el falso Morete - ¿o era la falsa Morete? ¿cómo saberlo si el pis parecía que le salía de adentro del caparazón? – alguna vez hiciera algo más de lo que ya había hecho; su vida era eso y nada más que eso; meterse dentro del caparazón, sacar la cabeza, comer despacio un pedazo de lechuga, caminar como si temiera pisar mierda. ¿Y encima de todo eso viviría durante décadas? Décadas que no podían más que clasificarse como eternas repeticiones de entradas y salidas de un caparazón.

Sólo durante una noche de ese mes, Nicolás sintió que Morete podía tener algún interés; soñó que estaba soplando un globo y que como siempre lo hacía mal; el aire se escapaba por los costados, sus dedos se llenaban de su propia saliva y el globo quedaba siempre como una pelota pinchada y fofa; sin embargo, en algún momento, el globo comenzó a crecer; emocionado, Nicolás quiso llamar a su padre para contarle su hazaña pero se daba cuenta que el globo lo había cubierto y rodeado; ahora vivía dentro de un globo rojo. El mundo exterior era algo deforme a través de las paredes del globo. Gritó pero fueron sólo sus oídos quienes recibieron el eco magnificado; comenzó a llorar y cuando miró sus pies, el globo había comenzado a inundarse. Despertó con un grito y otra vez sintió el calor del líquido que se esparcía por todo su cuerpo. Pensó otra vez en el Morete original, en lo útil que sería en ese momento; se conformó pensando en que quizás el Morete que ahora estaba encerrado en su caparazón la estaba pensado peor que él y se durmió.

Nicolás esperaba en el balcón que sus padres terminaran de bañarse y lo llevaran a la casa de su abuela. Morete mostraba otra vez su inutilidad al querer trepar por la maceta de geranios. Las pequeñas patas delanteras intentaban mantener recto el cuerpo mientras que con un movimiento lento y esforzado una de las patas traseras se levantaba sólo a unos centímetros de los zócalos rojos. Nicolás pensó en su libro de dinosaurios; parados sobre dos patas, con las fauces abiertas y mostrando los dientes más carnívoros y sanguinarios que él podía imaginar, corrían sobre la Tierra y él imaginaba que a cada paso, el mundo temblaba y estaba a punto de romperse definitivamente, como cuando su primo gordo Rodolfo saltaba sobre el sillón de su tía Pochi.

Nada subsistía en Morete de aquel pasado heroico y guerrero era una piel ligeramente escamosa ni siquiera sugería un mínimo parecido con el terror que Nicolás sentía cuándo abría el libro de los dinosaurios; más bien le causaba indiferencia.

Pero su padre no podía mentirle.

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21.6.08

Morete (I)


Con la caja de cartón sobre sus piernas y con la tortuga, que aún no se llamaba Morete, dentro de ella, Nicolás y su padre volvían en auto a su casa. Él hubiera querido un perro; desde hacía quince días, cuando volvía del colegio, se paraba frente a la vidriera de la casa de mascotas y miraba a un cachorro marrón, que parecía saludarlo con su pata cuando no dormía.

Ese día habían subido al auto y justo cuando Nicolás iba a empezar con el cantito de que su mascota se iba a llamar Morete, que desde que lo vió supo que le iba a gustar llamarse así, su padre le dijo empezó a decirle que las tortugas eran mucho mejor que los perros; conocían el planeta prácticamente desde que este se inició y vivían muchísimo tiempo; también le dijo que a cada año de vida se le sumaría un nuevo cuadrado en su caparazón y que las tortugas podían vencer conceptualmente al veloz Aquiles.

La caja no hubiera servido ni para los dos primeros meses del Morete canino; en cambio, ahora serviría para siempre. Abrió la tapa, miró el caparazón en el que supuestamente se había escondido la tortuga y sintió que se le subía una pelota en la garganta, como si estuviera por eructar; pero por más que quería, por más que pensaba en eructar y hacer reír a su papá, por más que quería dar el primer paso en la competencia que lo llevaría a sentir un gusto ácido en su garganta, la pelota se quedó congelada en la garganta, como si ese eructo no estuviera hecho para salir y ni siquiera cumpliera con el designio del Doctor Angulo.

- Nico, ¿sabés que tenemos que hacer ahora?

Hubiera contestado” Sí, pa, ya sé; tenemos que volver a la veterinaria y decirles que se confundieron con el pedido, como los de la pizzería del sábado pasado. Sin embargo, dijo que no.

- Ahora, vamos a ir a lo de Alejandro, le compramos la carne y después pasamos a comprar un montón de lechuga para la tortuga.
- ¿Por qué un montón?
- Por que es chiquita y tiene que comer mucho para que crezca sana.
- ¿Y cómo nos vamos a dar cuenta si está enferma?
- Nos damos cuenta si en verano, no saca la cabeza fuera del caparazón.
- ¿No se enferma en invierno?
- No, en invierno hibernan. ¿Sabés qué es hibernar?
- ……
- Hay animales, como los osos, que en invierno se la pasan durmiendo porque de esa manera no gastan energía.
- Ah, como la tía Pochi.
- No, como los osos. La tía Pochi duerme en verano también.
- ¿Pero la tía Pochi es un oso?
- ¿Cómo va a ser un oso, Nico?¿No viste qué habla?
- Sí, pero tiene mucho pelo en los brazos. Y cuando me da un beso me pincha con unos pelos negros largos que tiene en la cara.
- No, Nico, pero los osos no se despiertan en invierno ni para comer. Y la tía Pochi se levanta para comer.

- Pero se parece a un oso.
- No se lo digas, Nico
- ¿Por qué no se lo puedo decir? Por ahí ella quiere que sepamos que es un oso.
- No se lo digas por que los osos tienen mucho mal humor. Si se lo decís, se va a transformar en oso de verdad y te va a arañar con las garras.

Después de que su padre hablara de fútbol con el carnicero, de política con el pastero y que Nicolás agradeciera el pedazo de queso que le dio y que le hizo secar la garganta, fueron a comprar medio kilo de lechuga al verdulero.

- Es para la tortuga de mi hijo.
- Ah, lleve esta que es la que les gusta más – dijo el carnicero en tono cómplice.
- ¿Y cómo le pusiste a la tortuga, nene?
- No sé, no pensé todavía.
- ¿No se iba a llamar Morete?
- No, no, Morete se llama mi perro.
- Pero si no tenemos perro, Nico.
- Vos no tenés perro. Yo sí.

De vuelta en el auto, Nicolás abrió la tapa de la caja de cartón y le mostró un pedazo de lechuga al caparazón; la tortuga asomó la cabeza, pareció oler la lechuga, miró hacia el otro lado y comenzó a meter nuevamente sus penes fláccidos en el caparazón.

- No quiere comer, papá.
- Le deben haber dado en la veterinaria. Seguro que a la noche le agarran ganas.
- ¿Y si no quiere comer nunca?
- ¿Cómo no va a querer comer nunca? En un rato, seguro que empieza a morder la lechuga.
- Pero si no come nunca, se puede morir, no? – preguntó esperanzado.
- No, Nico, ya te dije que es muy difícil que las tortugas se mueran; aparte esta es chiquita, va a vivir un montón de años. Es más, cuando vos tengas hijos, Morete va a seguir viviendo.
- No le digas Morete!!!!!!!!!!!
- Bueno, está bien, no te enojes. ¿Cómo la querés llamar?
- No sé. ¿Es nene o nena?
- Me parece que dijeron que era nene.

Nicoás fingió que pensaba un nombre pero en realidad pensaba que ni siquiera sus hijos iban a poder tener un perro; su padre lo había condenado a vivir con una tortuga a la eternidad.

- ¿Cómo se llevan los osos con las tortugas, papi?
- No se conocen creo.
- ¿Pero quién es más fuerte?
- El oso, seguro.
- Y las tortugas pueden pelear contra un oso?
- No, pero se esconden en el caparazón y no les pasa nada.
- ¿Y por qué se esconden? ¿Tienen miedo?
- No, lo que pasa es que los osos tienen poca memoria; si no le ven la cabeza, se olvidan que era una tortuga, piensan que es una piedra y la dejan tirada por ahí.
- ¿Pero si un oso pisa a una tortuga y le rompe el caparazón?
- Ah, ahí sí.
- Ahí si qué?
- Y ahí, la tortuga pierde.

Cuando entraron en su casa, la madre salió del baño y abrazando a Nicolás, le preguntó si ya estaba entre ellos Morete.

- No, Morete no vino; se quedó un rato más.
- ¿Y qué hay dentro de la caja entonces?
- Una tortuga.
- Pero entonces llegó Morete. A ver, dejame verla.
- No se llama Morete, le voy a poner otro nombre. Tortuga. Lechuga. No sé.
- Pero si desde hace un mes que hablás de Morete. ¿Compraron lechuga?
- Sí, ahí la trae papá.
- ¿Querés que le demos de comer, Nico? Ahí se está despertando.
- No, no come. Se siente mal de la panza. Para mí que está enferma.
- No, Nico, ya te dije que en verano las tortugas no se enferman. ¿Ves que está sacando la cabeza? Mirá, mirá ahí está empezando a comer. Vení, ponete ahí con tu mamá que saco la foto de la primer comida.

Su madre y él se arrodillaron en el piso, pusieron la cabeza cerca del caparazón de la tortuga y posaron hasta que su padre llegó con la cámara de fotos.

- Mami, quiero ir a ver a la tía Pochi.

(*) pic from here

18.6.08

131-92

En otro orden de cosas, el amigo Pailos y el amigo Zen Nacho, hacen esto de acá abajo (no lo de arriba porque si no tendrían que medir cincuenta centímetros más)
Este jueves 19 de Junio, a las 21hs, con entrada libre, en Casa Brandon (Luis María Drago 236)